Isla de Pascua

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16-20 abril 2014  -Isla de Pascua (Rapa Fui). Un lugar mágico a miles de kilómetros de todo. Post original en primoslejanos.com

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La Isla de Pascua era uno de aquellos lugares que estaban marcados en negrita en nuestro itinerario de viaje de vuelta al mundo. Tanto es así, que ya teníamos comprados los billetes meses antes de salir desde Barcelona. Esta previsión (poco habitual en nosotros) permitió al amigo Marcial organizarse para acompañarnos en un destino que le había quedado pendiente en su inspiradora vuelta al mundo (www.siemprehaciaeloeste.com)

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Recibimiento de honor a cargo del Camping Tipanie Moana
Los primos lejanos llegamos a Easter Island dos días después de que lo hiciera nuestro amigo, que no defraudó nuestras expectativas y se conocía ya la isla de arriba a abajo, sabía dónde encontrar esto o aquello, dónde comer bien y barato y contaba incluso con varios coleguitas en el lugar. Así pues, al aterrizar nos encontramos con un amigo que hacía las funciones de guía a la perfección y que hizo todo muy fácil y rápido. Dejamos las maletas, nos hicimos con un par de motos, fuimos a tomarnos una cervecita y un buen pescadito local y nos dirigimos a nuestro primer contacto con los moais, en la preciosa playa de Anakena.

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Al rico ceviche en Rapa Nui!!

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Bueno, vale, antes de ir a la playita tratamos (especialmente Carlos) de seguir la final de Copa del Rey que se jugaba en esos momentos entre Barça y Madrid. Tras varios infructuosos intentos de encontrar una conexión a Internet decente como para poder ver el partido, nos conformamos con ser informados vía Whatsapp. El último gol merengue a pocos minutos del final cerró el partido y nuestro interés con el exterior por un tiempo. En aquel momento, darnos nuestro primer baño en esas aguas a más de 3.000 kilómetros del continente se presentó aún como un mejor plan (al menos para los culés Marcial y Carlos, para Pablo y su sonrisa de oreja a oreja cualquier alternativa resultaba apetecible).

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Tras el bañito ante los moais cada uno llevó a cabo su particular sesión fotográfica en un paraje que bien lo merecía. Pero se trataba solo de un aperitivo, ya que a continuación tocaba visitar uno de los rincones más espectaculares (sino el que más) de la isla, el ahu Tongariki, donde 15 moais nos esperaban frente al mar. Y si bien la playa de Anakena iluminó nuestras caras al poco de llegar a Rapa Nui, el ahu Tongariki satisfizo todas nuestras expectativas cuando imaginábamos lo que podía ser vivir un atardecer en la isla. El lugar es uno de los más significativos, al tratarse del mayor conjunto de moais fuera de la cantera (15) y contemplar un atardecer ante ellos resulta indescriptible. Ver el sol ponerse tras la cantera y frente a los moais nos dejó sin habla. En otras épocas del año el sol se pone en otros lugares, pero las vistas nunca defraudan.

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El estado de estas estatuas es casi perfecto, gracias a la rehabilitación de los mismos llevada a cabo unos años antes con fondos del gobierno …japonés!!! El ‘ahu’ no es nada con lo que aderezar un plato (chiste malo de Carlos), sino el altar sobre el que se colocaban las figuras de piedra conocidas como ‘moais’ y que representaban a antiguos jefes de las tribus Rapa Nui. Actualmente, se encuentran por toda la isla ahus sin moais y moais sin ahu, consecuencia de los enfrentamientos entre las tribus y de desastres naturales como terremotos y tsunamis. Al parecer, también la llegada del hombre blanco contribuyó a la destrucción de muchas de estas figuras con varios saqueos, tras arribar los primeros exploradores holandeses el domingo de Pascua de 1.722.

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Master Marshall ofreciendo sus conocimientos fotográficos a quien lo necesite

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El gran misterio que aún hoy envuelve a Rapa Nui es cómo los primeros pobladores de la isla fueron capaces de mover unos bloques de piedra de unos 4,5 metros de altura de media (aunque varios sobrepasaban los 10 metros) y de varias toneladas de peso. Existen diferentes teorías sobre el transporte de los mismos, desde sistemas con árboles a modo de ruedas hasta la reciente basada en la leyenda de que los moais caminaban y según la cual las figuras se movían en posición vertical, ayudados con cuerdas y apoyando el peso en un lado y en otro, como si caminaran.

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Otro misterio que se mantiene abierto es el de quiénes y cómo llegaron primero a la isla. Sin embargo, se asume de forma bastante general que se trataba de habitantes de la Polinesia que navegaban guiados por las estrellas e incluso por el tipo de formación de las nubes, lo que les permitía intuir la presencia de tierra en un punto. Realmente, la fisonomía y lengua rapanui parecen confirmar su origen polinesio.

Y volviendo a nuestro viaje, cuando el sol se ocultó llegó la noche y con ella el momento de socializarnos en el camping, situado junto al único centro urbano de la isla, Hanga Roa. Allá encontramos buenos amigos con interesantes historias. Marcial ya había hecho un primer contacto con ellos y fue el encargado de hacer las presentaciones. Esa noche y las que siguieron disfrutamos de la compañía y conversación de la encantadora pareja formada por los franceses Laurine y Sylvain, quienes también se encuentran dando la vuelta al mundo (http://yeyesontour.wordpress.com/), pero en sentido opuesto al nuestro, por lo que resultó muy interesante charlar con ellos. También coincidimos con el argentino surfero y (cómo no) maestro en asados Gonzalo y de su colega Xabi, español de Vitoria, pero que pasaba por argentino debido a su acento actual, modificado tras su largo paso por Sudamérica. Ambos llevaban meses en la Isla de Pascua y se mostraban encantados con su plácida vida allá. Sin embargo, ni ese remoto lugar escapa al control de las leyes y la finalización de su visado les obligaría a dejar esa tierra en poco tiempo.

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Xabi, Pablo, Sylvain y Carlos

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Primos con Gonzalo Surfer (by Marcial)

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Camping Tipanie Moana
Junto a nuestros nuevos amigos compartimos el vino chileno que habíamos traído desde el continente junto a otros víveres, ya que el alto coste de la comida y bebida en la Isla de Pascua hace que sea más que recomendable el proveerse bien previamente. Sin embargo aquella primera noche nuestra cena no se limitó a un poco de pasta o arroz, ya que dimos buena cuenta del jamoncito serrano que Marcial había traído desde España. Con gusto lo compartimos con nuestros nuevos amigos, que bien educados ellos se limitaron a probarlo. En cambio, el colega rapanui de casi dos metros que trabajaba en el hotel dio buena cuenta de 4 o 5 pedazos de jamón (el segundo, y último, paquete fue convenientemente ocultado de sus garras).

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En los siguientes tres días seguimos disfrutando de lo mucho que Rapa Nui puede ofrecer. Nuestra primera mañana la dedicamos a bucear. Pablo y Carlos llevábamos meses sin hacerlo, concretamente desde que en febrero obtuvimos el título de PADI Open Water en Panamá. El paso del tiempo y las malas condiciones del agua jugaron una mala pasada a Carlos, que tuvo problemas con su máscara y tuvo que retrasar el buceo hasta el día siguiente. Marcial y Pablo sí bajaron ese día a unas aguas con la visibilidad más espectacular, de hasta 35-40 metros. Ellos vieron el moai que se encuentra bajo el agua. Carlos bucearía en otra zona con más corales y peces, pero sin moai. En ambos casos la claridad de esas aguas dejó satisfechos a unos y otros.

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Aunque el moai fue hundido a propósito con fines turísticos, no deja de impresionar

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Marcial y Pablo acompañaron a Carlos en su buceo rapanui
Tras bajar al mundo submarino nos dispusimos a ver el inmenso mar desde bien arriba, desde lo más alto del volcán Rano Kau, en el poblado de Orongo. El poblado no pertenecía a ningún pueblo rapanui y se cree que allí se alojaban los sacerdotes.

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Marcial nos hizo de guía (no costó convencerle, más bien no hizo falta XD)
En ese punto de la isla se celebraba la ceremonia del hombre pájaro (Tangata manu) en las que participaban todos los habitantes. Cada primavera, cuando las aves marinas anidan en los islotes, en Orongo se reunían los jefes de los clanes (ariki) de toda la isla junto con sus representantes (hopu manu) que bajarían el acantilado y nadarían para buscar, en el mayor de los tres islotes (Motu Nui) frente al pueblo, un huevo del ave “charrán sombrío” (manutara). Quien lo encontrara primero y volviera a al poblado entregándole el huevo a quien postulaba ser rey (tangata hoa manu), era nombrado por los sacerdotes rey de toda la isla por el período de un año.

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Cuando uno mira para abajo es fácil sentir el vértigo. Son unos 300 metros de altura. Solo deciros que Red Bull, la marca que lanzó a un hombre desde la estratosfera, se planteó realizar un concurso de saltos ahí, pero, tras examinar la zona, decidieron desechar la idea por demasiado arriesgada.

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Ala, a tirarse por el jefe. Vamos?
Por la tarde seguimos con nuestra ruta histórica rapanui. La visita a la cantera de Rano Raraku en la que se elaboraban los moais nos dejó asombrados. En ese cono volcánico quedan más de 400 moais en diferentes fases de construcción. Impresiona contemplar esas esculturas, todas diferentes unas de otras, repartidas a lo largo y ancho de una colina, situadas en diferentes posiciones, la mayoría acabadas, algunas a medio hacer y entre estas, ya casi finalizada, la mayor que se conoce, de 21 metros de altura.

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El gran moai al fondo (otra pic courtesy of Marcial)

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El pequeñín

El paseo por la cantera da para muchos momentos de silencio y reflexión, también para hacerse unas cuantas preguntas: ¿Por qué tantos moais en ese lugar? ¿Solo porque debía ser más rápido el proceso de fabricación que el transporte? ¿Cómo seguían elaborando estatuas en ese lugar mientras estallaban las guerras tribales? Y, de nuevo, la duda tan recurrente, ¿cómo desplazaban esas enormes figuras?

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Cada viaje por la isla en nuestras pequeñas motocicletas era un placer. Caballos salvajes a nuestro lado, cruzándose en nuestro camino, el tiempo cambiante en todo momento (ahora sol reluciente, ahora nubes grises, ahora fina lluvia, ahora el arco iris, ahora el sol de nuevo…). Eso sin olvidar la fuerza del mar rompiendo con fuerza ante un ejército de rocas.

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Una tarde disfrutamos además de la locura del amigo argentino surfer y de un par de acompañantes rapanui, que desafiaron a los elementos metiéndose en el agua ante olas de hasta 4-5 metros.

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Observando a Gonzalo enfrentarse a las olas de Rapa Nui

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Y qué decir de las puestas de sol. Cada día acababa con la decisión de dónde ver el atardecer y cualquier lugar dejaba en mal lugar a nuestras cámaras fotográficas. Aún así, para el que no estaba ahí seguro que la estampa que podemos plasmar no es del todo mala 🙂

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Picture courtesy of http://www.siemprehacieloeste.com
Las noches también tenían su qué. Con el ambiente acogedor viajero que se generó en el camping Tepanie Moana (muy recomendable, por cierto!), uno se sentía como en una nueva casa. Compartimos café, copas de vino y hasta un rico asado a cargo del maestro Gonzalo.

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Asado made in Gonzalo
Fiesta no es que hubiera mucha en esa isla, aún así una noche tratamos de darle una oportunidad a la vida nocturna de Rapa Nui. El resultado digamos que fue… curioso. Acabamos en un bar en el que la mujer que atendía cortaba carne con un mazo y al que llegaba una densa humareda de carne a la brasa del local de al lado. La llegada de un lugareño tamaño 2×2 en un estado dos pasos por delante de lo que entenderíamos como ‘ebrio’ y sus intentos de buscar conflicto con nosotros nos hizo pensar que mezclarse con la gente local en ciertos lugares y a determinades horas no siempre es la mejor opción. Tras unos intentos infructuosos de reconducir la situación por parte de una valenciana que encontramos por el camino y de nuestro amigo Xabi, decidimos to called it a night, que dicen los yankees (algo así como dar por cerrada la noche).

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Juegos nocturnos con la cámara de Marcial

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En todas partes cuecen habas 🙂

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El particular Parlamento rapanui
Esa mala experiencia nocturna no empaña sin embargo la buena imagen que nos llevamos del pueblo rapanui. Personajes como el mencionado se encuentran en todos los países y para muchos no debe ser fácil permanecer la mayor parte del tiempo en un lugar tan remoto como aquel.

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Pablo se encontró con otro GoProer aún más Pro que él, un rapanui muy enrollao con cámara voladora
El último atardecer junto a Marcial fue digno de serlo. Ante los moais de Tahai, los colores del cielo y la formación de nubes sobre la mirada de las estatuas nos llenó de energía. Nos sentíamos unos privilegiados por estar en aquel lugar en ese preciso instante, una sensación como pocas, que merece la pena vivir.

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Así pues, nuestro último día en Rapa Nui fue ya sin el querido amigo Marcial. Su llegada anticipada a la isla venía forzada también por el hecho de volver antes a España (lo que tiene viajar con el tiempo justo que implican las vacaciones laborales), así que la mañana del sábado tocó despedida y esta vez era por bastante tiempo. Antes, aún hubo tiempo de tomarse un cafelito juntos y una cervecita en el mismo lugar en el que nos habíamos saludado nada más pisar la Isla de Pascua. Farewell, Marshall. Como siempre, fue todo un placer tenerte a nuestro lado.

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Last breakfast with Marshall en Rapa Nui. Como señores

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Farewell Marcial!! Nos vemos en casa!!!
A pesar de la sombra de pena que uno siente sobre su alma cuando un amigo se va (esperemos que la SGAE no nos cobre derechos por esta pastelona frase de cantautor), la última jornada de los primos lejanos en Rapa Nui no tuvo desperdicio. Visitamos los únicos moais que miran al mar, fuimos hasta el punto más alto de la isla, desde el cual se podía ver el mar en 360 grados, tocamos lo que se llamó El ombligo del mundo y nos dimos un baño en la preciosa cala de Ovahe.

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Dos moais charlando

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Moais mirando al mar

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El ombligo del mundo

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De vuelta tratamos de repetir el atardecer en Tahai, pero ya fue demasiado y tuvimos que conformarnos con ver ponerse el sol en el horizonte de la carretera que nos llevaba al pueblo. Una lástima, faltó el broche de oro a una jornada completita. Pero si no llegamos también fue por alargar un baño placentero, en un lugar bellísimo, solos, a miles de kilómetros de casi todo. No hay quejas, no puede haberlas.

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Para superar la marcha de un amigo y el decir adiós a otros nuevos tuvimos el mejor remedio: reencontrarnos con nuestra primita Andrea en Santiago. Junto a ella pasamos unos buenos ratos y risas, acompañados también por la compi Lorena. Lo triste, como con todo lo bueno, es que llegó el final, el momento de las despedidas. Las lágrimas de Andrea se contagiaban, pero también eran la mejor muestra de lo que habíamos disfrutado juntos.

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Y hasta pronto, chilenitas!!
Tanto para ella como para nosotros era como despedirse de nuevo del hogar, algo que habíamos hecho meses atrás y que siempre resulta doloroso.
Andrea, gracias por ser tan buen anfitriona. Sigue así, dale duro y sabes que nos volveremos a juntar más pronto que tarde. Un besazo enorme y otro para tod@s los amigos que conocimos en Chile gracias a ti!!!

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